Déjate llevar
Imagina que está anocheciendo, que el cielo se funde entre colores anaranjados y morados, luchando por emitir los últimos destellos antes de que caiga la oscuridad. Caminas por la calle, una calle ancha. Ancha y vacía. No hay coches, ni personas. Todos los comercios están cerrados. A tu caminar se encienden las farolas. Solo oyes una bombilla parpadear y el eco de tus pasos. Por la tarde llovió. Te encanta inhalar el olor a humedad, que llegue hasta el último rincón de tus pulmones. No piensas en nada importante, solo en qué cenarás cuando llegues a casa. Cae del todo la noche y sigues caminando por esa gran calle vacía. Llegas al final de la calle y cuando vas a girar a tu derecha te chocas con alguien.Soy yo.
No decimos nada, solo nos miramos a los ojos. Acercas tu mano a la mía para cogerla y yo me acerco a ti. Nuestros corazones exhaustos tras el susto se aceleran aún más. Huelo tu cuello a la vez que tú hueles mi pelo. Es inevitable rozarlo con mis labios y recorrerlo hasta llegar a tu oreja. Se me ocurre susurrarte un «hola» y por el rabillo del ojo veo que dibujas una sonrisa picarona. Giras tu cara hacia la mía y nuestros labios se rozan levemente. Me miras a los ojos, a los labios y de nuevo a los ojos. Los cierras y me besas. Empezamos a enloquecernos de pasión, pero el ruido de la bombilla parpadeando nos recuerda que no es el lugar adecuado. Aún no has soltado mi mano, la aprietas firmemente a la tuya y echas a correr.
Yo te sigo.
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